| Carlos Sánchez Viamonte | |
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Carlos Sánchez Viamonte: Ciudadano de la República Por Víctor García Costa Es común decir que no hay grandes hombres para sus ayudas de cámara. Comencé a tratar a Carlos Sánchez Viamonte en los años cincuenta, me convertí en su secretario durante más de 10 años, y lo traté hasta su muerte. Fue un gran ejemplo moral al que no le conocí miedos, bajezas o claudicaciones, al que jamás le oí mentir ni lo vi transigir. Seguramente por eso no tuvo bienes materiales ni acumulo riquezas. Jamás defendió a un patrón contra un obrero, y tampoco cobro nunca honorarios a los trabajadores. Vivió modestamente, con gran dignidad, y brindó generoso lo único que poseía: su extraordinaria cultura y su pasión argentina. Su lema era "Hay que devolver a la sociedad lo que se ha recibido de ella sin merecerlo". Toda su vida fue una armonía entre su palabra y su conducta. Había nacido en La Plata el 16 de junio de 1892. Era bisnieto del coronel Modesto Antonio Sanchez, asistente al Cabildo Abierto del 22 de Mayo de 1810, héroe de la Independencia y medalla de oro en las batallas de Salta y Maipú y en el sitio de Montevideo. Descendía de los Viamonte, condes de Lerín: era bisnieto y tataranieto del general Juan José Viamonte, héroe de la Reconquista de Buenos Aires, también presente en el Cabildo Abierto del 22, y una de las cabezas de la Revolución de Mayo, gobernador de Entre Ríos y dos veces gobernador de Buenos Aires. Era hijo de Julio Sanchez Viamonte, nieto de ambos próceres, abogado recibido con una tesis revolucionaria sobre el matrimonio, profesor universitario, constituyente provincial y nacional, y diputado nacional, consecuente defensor de las autonomías provinciales y municipales. Carlos Sanchez Viamonte, abogado, doctor en jurisprudencia, consejero y profesor universitario en las Facultades de Derecho y de Ciencias Jurídicas y Sociales de las Universidades de Buenos Aires y La Plata, maestro del Derecho Constitucional y publicista de nota, fue uno de los líderes de la Reforma Universitaria de 1918. Su origen patricio y sus antepasados, ligados íntimamente al nacimiento de la Nación, no fueron obstáculo para que, buscando un camino para hacer realidad los altos postulados de la Reforma, en 1931 se afiliara al Partido Socialista junto con Alejandro Korn y Julio V. González. Gran orador, fue diputado provincial, diputado constituyente en la provincia de Buenos Aires, diputado nacional, candidato a gobernador de Buenos Aires, a vicepresidente de la República -acompañando a Alfredo L. Palacios- y a senador por la Capital Federal, y fue embajador ante la Comisión de Derechos Humanos de las Naciones Unidas. A pesar de tanta prosapia, sólo aspiraba a un epitafio que dijera: "Aquí yace un ciudadano de la Repúb1ica". Desde que se recibió de abogado, en 1914, diplomado con las firmas de Joaquín V. González y José Nicolás Matienzo, se erigió en albacea de la libertad, de la libertad civil y política. Risueño, solía contar que, debido a sus primeras juveniles acciones de amparo a la libertad amenazada o conculcada, las jóvenes platenses lo saludaban diciéndole: "Adiós, habeas corpus". En defensa de esa libertad corrió todos los riesgos imaginables en el marco con que el autoritarismo signó largos años de vida política argentina. Sufrió la cárcel, el exilio, la conspiración del silencio y la persecución ideológica. A partir de su libro Derecho político por el que el eminente catedrático español Adolfo Posada puso el nombre de Carlos Sánchez Viamonte junto a la obra de Harold Laski, construyo en paciente elaboración doctrinal el fundamento jurídico-moral del socialismo, ideología de la que jamás claudico. Valiente hasta la temeridad, después de un incidente caballeresco en setiembre de 1915 con Mariano Demaría (h), en agosto de 1923 se batió a sable durante siete asaltos con Wenceslao Urdapilleta, en defensa del honor de su anciano padre. En los años 1929 y 1930 defendió con eficacia al honesto y digno juez del Crimen Julio M. Facio, injustamente acusado como parte de una maniobra política que, con la complicidad de funcionarios policiales de la Capital, tendía a impedir el descubrimiento de la verdad en el resonante asesinato del concejal Carlos A. Ray. En 1931, al producirse los fusilamientos de Severino di Giovanni y Paulino Scarfó, denunció por homicida al general José Félix Uriburu, por lo que fue exonerado de sus cátedras mediante un decreto firmado por el propio general Uriburu y su ministro Guillermo Rothe, y debió exiliarse en Montevideo. En 1937, con todo el riesgo que ello conllevaba ante el matonismo imperante, denunció al gobernador Manuel Fresco por haber permitido el voto "a la vista". En 1938 asumió la defensa de Pascual Vuotto, uno de los anarquistas "presos de Bragado", pero no se limitó a la defensa jurídica de Vuotto sino que denunció la falsedad de la imputación y reclamo por la libertad de los presos, para lo cual levantó tribunas en calles y plazas, incluida la de Bragado, en la que corrió riesgo de muerte. En la década de los cincuenta defendió al sacerdote Dunphy, perseguido por la propia iglesia. Después del golpe militar de Onganía, al asumir la defensa de cientos de presos políticos y gremiales, acusó de "infames traidores a la Patria" a todos los miembros de la Corte Suprema de Justicia de la Nación. Ante las comunes ausencias de pronunciamiento solía decir que la Corte era "el organismo más competente para declararse incompetente". Era inmanejable. Bastaba que se le sugiriera que no hablara de tal tema para que dijera "Me han pedido que no hable de tal cosa..." y se despachaba a su gusto. También era inclaudicable en sus posiciones ideológicas y jurídicas. En 1957, la mayoría ghioldista en el Congreso partidario impuso en el programa para la reforma constitucional de ese año que el estado de sitio suspendía la acción de habeas corpus. Por ser ello contrario a lo que él había sostenido en el libro y en la cátedra, renunció a integrar la lista de convencionales que, seguramente, habría encabezado. Solía decir que siempre andaba "con una renuncia en el bo1sillo". En 1918 se le ofreció el cargo de juez del Crimen, pero rechazo la propuesta diciendo: "Para ser juez hay que ser un sabio o un irresponsable. Y yo no soy ninguna de las dos cosas". También rechazó los ofrecimientos para ser miembro de la Corte Suprema de Justicia de la Nación que le hicieron el general Pedro Eugenio Aramburu, en 1955, y el doctor Arturo Frondizi, en 1958. En el primer caso, preguntado por su fraterno amigo y compañero, Alfredo L. Palacios, por qué no aceptaba, le contestó: "Porque esos son cargos para personas serias...", "¿Y qué es una persona seria?" "Personas serias son las que hacen con seriedad cosas que no son serias..." Cuando la CGT peronista lo invitó para consultarlo sobre la actitud que, a su juicio, debía adoptar el movimiento obrero ante la represión del gobierno de Onganía, presentes José Alonso, Paulino Niembro y Augusto Vandor, entre otros, les dijo que él observaba que a la CGT le ocurría lo que a aquel personaje del novelista y poeta Rudyard Kipling que, perdido en la selva, corría buscando una salida y, temiendo ser atacado, a cada rato miraba hacia atrás. Y remató el relato: "Era el miedo que pasaba por la selva". Recuerdo que Niembro, que habría de tener un comportamiento valiente durante la última dictadura militar, nos acompañó hasta la puerta de calle y, al darle la mano, le dijo: "Tiene razón, doctor; es el miedo que pasa por la selva". No le conocí anillos ni alhajas de ninguna naturaleza. Sólo usaba un reloj de acero. Cuando se puso en venta el departamento que alquilaba en Florida 910 3º B -en el cual murió-, lo que implicaba su desalojo, el comprador del mismo, generosamente, se lo cedió en usufructo vitalicio. Durante el peronismo, preso varias veces, allanada y saqueada su casa por la policía, privado de sus cátedras y sin editor para sus libros, pasó privaciones inimaginables. |
Carlos Sánchez Viamonte (La Plata, 1892- id., 1972) Jurista argentino. Fue Diputado Nacional (1940-1943), profesor en las universidades de La Plata y de Buenos Aires (1958) y miembro fundador de la Unión Latinoamericana. Escribió numerosas obras, entre las que cabe citar Tratado sobre el «habeas corpus» (1927), Manual de derecho político (1960) y Teoría del Estado (1968). El texto de Víctor García Costa fue publicado por nuestro Centro. Puede solicitarlo de manera gratuita en los actos que realizamos. |